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Mostrando entradas de 2016

Cuento antinavideño o historia de un antihéroe

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Mi declive comienza aquí, en la playa del Postiguet, con un cucurucho de pistacho en la mano y un irrefrenable deseo de seguir a esa encantadora sirena hasta la orilla del mar.
La playa anda de bote en bote, lo que resulta extraño para estas fechas. La gente se broncea indolente bajo los treinta y tres grados centígrados que asolan la ciudad, ajena a los adornos navideños, las viandas invernales, la ropa de abrigo.
Personalmente lo estoy sufriendo con resignación, ya que la forma curvilínea de mis perfiles no se aviene a los cánones exigidos para el deleite de las —y los— bañistas.
Antes de empezar mi investigación sobre la causa del descenso del consumo en el tercer trimestre del año, he descartado el anecdótico calentamiento global, ya que es un hecho que “el buen tiempo” despierta la voracidad consumista. Asimismo, y apoyándome en los discursos gubernamentales sobre enriquecimiento del país, también he prescindido de la cacareada pobreza.
La semana previa a las vacaciones de Navidad an…

Princesa

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Presa del servilismo, mancillada, a penas resistes el tacto de esas bocas lúbricas que apuran el néctar de tu seno hasta sólo dejar hiel entre las grietas de tu porcelana. «Ya es hora de vestirse de crepúsculo, princesa, y da gracias si acabas la jornada sin que te haga añicos».

Mnemotécnica monstruosa

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Que fuera un prisma cuadrangular con cajones por los cuatro costados, no era lo más curioso, lo realmente insólito eran esas dos patas llenas de pústulas variopintas que asomaban por debajo del mamotreto. Adorable.

Lo adquirí en un rastro; el mercader de la bata gris me propuso un trueque: el archivador a cambio de la promesa de seguir, a pies juntillas, el siguiente ceremonial:
Como artista bohemia que soy, me pareció un pago de lo más extravagante, por lo que acepté el trato con sumo placer. Tras cumplir el ritual prescrito, me desperté el vigésimo noveno día con una brutal pesadez de cabeza y la nariz saturada de un tufo a queso rancio que me provocaba arcadas. Entonces, me dirigí al cuarto de baño —¡vete tú a saber por qué!— para escudriñarme las pupilas con un espejo de aumento y…
¡¡¡Allí estaba el dichoso armatoste brincando como un condenado sobre mi masa encefálica!!! Después de arrearme algunos coscorrones contra la taza del váter y hacer uso del desatascador de ventosa en senda…

Claroscuro

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Cuando los hombres ponen precio a su hombría, se convierten en esclavos de sí mismos, cuando las mujeres ponen ese mismo precio a su feminidad, se convierten en esclavas del mundo. «¡No soy mercancía!»—le recriminó con la mirada. Él apagó el iPad y paseó la mirada por el vagón hasta dar con ella; comenzó a observarla de forma insolente: evaluando su cuerpo, sopesando su carácter, obviando su inteligencia. No era extraño que ella acabara tensa, ni aceptable la autocomplacencia de él. Ambos bajaron en la última parada y compartieron el ascensor que les llevaría a la superficie ―ella mascando la indignación; él disfrutando la conquista. Presentaciones: Ella: una empresaria de éxito. Él: ídem. Ella: una mujer del siglo XXI. Él: un galán. Lo que ella pensaba de él: «Un tipo atractivo pagado de sí mismo». Lo que él pensaba de ella: «Una dulce prenda...». Prolegómenos: Para Arturo no fue difícil encontrar el punto débil de Clarabel, sólo tuvo que advertir la lectura hipnótica del consabido best seller …

Disparates

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Exaspera* al caracol la lentitud del Sol. *Exasperar al caracol: provocarle un enfado morrocotudo.


A la estatuaembadurnan* con crema antiarrugas. *Embadurnar a la estatua: untarla con un pringue espeso y pegajoso, tal vez, incluso apestoso.


Las agujas del reloj enhebra* para que el tiempose detenga. *Enhebrar las agujas del reloj: Pasar un hilo por el ojo de cada aguja para mantenerlas prisioneras.

La rana y la piedra

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Vuelve la rana croando por su amor perdido.
En esta versión he incluido dos pizarras para que los jóvenes lectores puedan pintar con los dedos.

Descarga en iTunes:
La rana y la piedra, de Esther Planelles Arráez en iBooks

Ruego que, si os interesa leerlo, descarguéis el libro en iTunes. No he autorizado que se distribuya por ningún otro medio que no sea este. Gracias por respetar mi trabajo.

Mª Electra

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A mi compañera le han prohibido ver los documentales de La2. Una tarde emitieron una narración aumentada de la vida de todos los bichiños que habitan nuestra piel. Ése que vive en los folículos de la cara, se aparea por la noche y muere de un reventón por carecer de ano ―¡ave, orificio redentor!― se convirtió en mi ácaro preferido, y así se lo comuniqué a Marinela en una cívica colación de té con pastas; fue un deleite ver cómo se le iba desencajando el rostro al enumerar los pormenores de la microvida del arácnido. Al día siguiente, Alfonsina dio la voz de alarma: a Marinela le había dado por hurgarse los poros con un imperdible y tenía el rostro en carne viva; la muy cursi no paraba de repetir que debía acabar con esas bestias fornicadoras que la volvían impura ante los ojos de Dios. Como era de prever, en la Residencia de Reposo Madame Butterfly se armó la marimorena: don Sancho, que tanto empeño puso en ocultar el drama, prendió la llama de la curiosidad juvenil ―de atizarla ya …

La entrevista de trabajo

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Antes de acudir a la cita, traté de disipar el rastro de la ventosidad con un certero chorro de desodorante FAXEX —providencialmente olvidado en el servicio de caballeros; a pesar del empeño, nada más pisar el despacho mi entrepierna se encontró adherida al hocico del perdiguero del jefe de RRHH.
Durante la celebración del bicentenario de la empresa, mi tío nos sorprendió con un homenaje a Pluto, nuestro inigualable cazatalentos.

El estirón

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El tránsito de cambiador de estampitas Pokemon a ejecutivo financiero fue una consecuencia natural; de hecho, su padrino esperaba con ilusión que colgara los pololos para ocupar una silla en la empresa familiar. Nadie contó con que su aptitud negociadora hubiera evolucionado hasta convertirlo en un maestro de la corbata colombiana. Hoy ocupa el sillón de Presidente Ejecutor y publica ensayos sobre ecoeconomía biosostenible; estoy convencida de que mi chico llegará muy lejos.

Migraciones

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La becaria

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Mi abuela, tras jubilarse como profesional de sus labores con más de setenta años al servicio de la comunidad, se matriculó —sin miedo ni pereza— en una Escuela de Adultos para «enseñarse informática». En calidad de alumna de traslado, dirigió al ministro de Educación una carta en la que solicitaba una beca que cubriera los gastos formativos, así como su estancia en la residencia toledana «Yayic@s 0.3». Hoy, mientras preparo sus memorias, no puedo dejar de contemplar con orgullo el “Premio a la constancia” que le fue concedido por la siguiente ministra de Educación, y un «Reconocimiento cum laude por sus labores como administrativa y contable, chef de alta cocina, sanadora, cuentacuentos, decoradora, psicóloga, “chapuzas”, artesana, costurera...» Soy el nieto de la Calistay así empieza su historia.



Gusiluz

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Clara trepó al árbol persiguiendo una estrella fugaz; al entrar en la copa, se vio rodeada de un enjambre de luceritos que volaban alborotados de acá para allá.

El gusano saltarín

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Había una vez un gusano de naranjo conocido por todos como Don GuSaltarín. Este curioso nombre se debía a que, a pesar de no tener ancas, ni patas, ni muelles, el gusanito había desarrollado la habilidad de ejecutar los más arquetípicos brincos jamás imaginados en el Reino Animal. Don GuSaltarín solía pensar, entre bote y rebote, que era un ejemplar ilustrado ―y no porque el famoso pintor Fernando Botero lo hubiese retratado en Naranja, un óleo sobre tela de 1977― sino porque él, un pequeño gusano, había desarrollado su pensamiento racional más allá del límite concebido para un invertebrado. Cada noche gozaba refugiándose en la naranja más jugosa de mi huerta y después de cenar, se aplicaba febrilmente a la tarea de diseñar, sobre la monda lironda, el próximo salto que lo catapultaría a las estrellas. La vida de Don GuSaltarín fluía bajo una duermevela tachonada de euforia y zozobra; el último salto debía ser siempre el más perfecto. Sin embargo, la motivación de mi devorador de naranja…

Alce

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Alce posa soberano en un bosque de alabastro. Alce no oye al comprador ni tampoco a su ojeador. Alce se acomoda a la vista del ávido coleccionista. Alce cree en su inmortalidad como si fuera real. ¡Oh! Alce sufre con horror los rayajos del crío menor.

Selectividad

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Eran tantos los granos de arena que le rodeaban en el espacio que, el pobre, pobrecillo dios, decretó que sólo los que se colaran en sus babuchas serían elegidos; de ahí, que pronto se desatara una tormenta interestelar.

Alzhéimer

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Veía cómo te arrellanabas en el sillón para contabilizar —con la frialdad de un napoleón— las neuronas que día a día eran aniquiladas por nuestro enemigo, hasta que un día, perdiste tu imperio. -----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Tratar de recordar las palabras le resultaba más difícil que navegar entre sargazos. No ha tenido valor para vivir el hundimiento.

Éxito

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Su obsesión por alcanzar la plenitud era tal que, en su afán por comerse el mundo,  no sintió dolor al empezar a desgarrar su propia carne.