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LA RATONERA

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Es un hecho que a nadie le agrada entrar en contacto con el calor residual de «los otros».Nuestra sensibilidad se apropia sin ascos del lugar de reposo del perro o del gato: su calor es conmovedor. No obstante, si en el busrozáramos, siquiera, el segmento de barra que fue asida por la mano de un desconocido, eludiríamos ese repugnante y húmedo calor deslizando la mano hasta una zona «virgen»―aunque eso suponga poner en riesgo un equilibrio ya de por sí precario. ¿Y qué me dicen de usar los zapatos de otra persona? ¡Ni hablar! ¡Qué cochinada! ¿Y si se nos pegan los hongos, el fracaso, la desesperación, ¡la locura!…? ¡NO! Nacemos y morimos solos y, durante el paseo que une ambos finales, supeditamos nuestra conducta a la dominación sobre«los otros», incluso cuando nuestros actos son juzgados como altruistas, ya que es entonces cuando nos convertimos en dioses: los buenossentimientos que brotan como respuesta al despliegue dela filantropía alienan a nuestras víctimas—o, si lo prefieren, las…

«Calma blanca», de Juan José Planelles Arráez

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Esta fue su primogénita, y como casi todas las primeras, contiene una potente dosis de la idiosincrasia y la experiencia de su autor, máxime porque, partiendo del puerto de la adolescencia, surcó las aguas de la madurez hasta su destino.
Calma blanca es una historia vital ambientada en uno de los lugares más románticos del mundo: la mar. Dos amigos, un amor, un desengaño, lealtad, honor, valentía... Todo ello narrado con un toque de poesía que nos recuerda que, a pesar de los golpes, la vida puede ser hermosa si somos capaces de ver lo que late en las profundidades de nuestro ser.
Si quereréis conocer algo más de su autor, podéis visitar su blog Cuaderno de bitácora.
Y si os apetece ver el booktrailer que preparé para la ocasión, pinchad aquí.






Sudoku

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Se afanaba por encajar las cifras con tanto esmero que la lengua se le enroscaba sobre el labio superior en rotunda concentración. Aulló la sirena y doña Catalina reclamó los controles de «mates»; Manolín entregó el suyo a regañadientes.
Se afanaba por encajar las cifras con tanto esmero que la lengua se le enroscaba sobre el labio superior en rotunda concentración. El encargado de cuadrar cajas nunca supo qué fue lo que le delató.
Se afanaba por encajar las cifras con tanto esmero que la lengua se le enroscaba sobre el labio superior en rotunda concentración. La noticia del derrumbe del puente ha sacado a relucir una mafia de compraventa de sobresalientes en la facultad de arquitectura.


Feliz comienzo de curso.

Sin red

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La soledad le impulsaba a levantar el pulgar a los viandantes con la esperanza, no, el anhelo de que le devolvieran aquel gesto fálico; tras once horas de desconexión, publicó en la orilla del océano suestado final: «anónimo».


El trompicón de Cáncer

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Se hacía llamar Excelentísimo Cáncer y era el gobernador más artero de Puerto Pesquero; llevaba los asuntos de Estado ―sus asuntos― con pinza de acero; en cuanto a «los de abajo»―a los que llamaba quejillones eran unos bivalvos ejemplares: al tiempo que respetaban la Ley, lograban colmar la perversidad de su gobernante que, dadivoso, otorgaba plena motivación a sus quejas. Durante su mocedad, Cáncer no tuvo reparos en mostrarse como lo que era: un crustáceo irascible y protestón, malcriado y gritón, invasor y abusón que jamás permitía que nadie le tocara la pinza; en resumen, lo que se dice un mal bicho. Los forasteros, confiados ante su apariencia de pelele, eran blanco seguro de sus tropelías: tanto si le rebanaba las antenas a una langosta migratoria como si se le antojaba maniatar a un calamar, el malandrín se las ingeniaba para no acabar condenado a ser pasto de gaviotas.
En el estado actual de «absoluta democracia reinante», la Batea IV marchaba viento en popa, mas, como todo fin…